Chicas bravas

Sólo por las casualidades de la tecnología y la inmediatez de los medios de comunicación, es poco probable que Chelsea Ives sepa quién es Camila Vallejo Dowling. Sin embargo, entre la inglesa de 18 años y la chilena de 23 muchos analistas sugieren que hay puntos en común: son jóvenes y rebeldes, y su disconformidad está ganando las calles, con variaciones más o menos virulentas según el caso.

Antes de ser captada por las cámaras de seguridad y luego acusada por el gobierno inglés de liderar un ataque contra tiendas de telefonía celular y de destrozar un móvil policial, Ives era una chica ejemplar (este año fue elegida para ser embajadora de los Juegos Olímpicos 2012). Pero hoy es considerada por los mismos ciudadanos de la isla británica como el paradigma de un vandalismo juvenil “inexplicable”. En Chile, el gobierno del presidente Sebastián Piñera tiene entre ceja y ceja a Camila Vallejo Dowling, la intransigente militante del Partido Comunista y líder de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), que no para de movilizar a más y más jóvenes estudiantes revoltosos en marchas indeseables y que en reiteradas ocasiones tienen como ingredientes a la violencia y la represión. Tal como sucedió en décadas anteriores, la juventud parece volver a tomar protagonismo en la Historia, un protagonismo teñido de incidentes, rabia y caos. Es que si ha habido un factor común entre las revueltas sociales en Túnez, Egipto y Libia; en España, a través de los indignados, y ahora en Inglaterra y Chile, éste se caracteriza porque casi no tiene caras adultas. “Está claro que la manifestación y el vandalismo son los síntomas. Es que cuando uno ve las fotos lo primero que ve es juventud y disturbios. Pero detrás de esas fotos hay más hechos –aclara el sociólogo argentino Marcelo Urresti, especialista en cultura juvenil–. Los jóvenes siempre están en la mira y son permanentemente estigmatizados. Sin embargo, no hay que considerar que ésta sea una generación de alto nivel de conflictividad, como sí se ha registrado en otros momentos históricos. Tampoco hay que leer estos actos como reflejo de una juventud individualista, porque toda la sociedad es individualista también. La juventud es siempre parte del conflicto”. En referencia al caso de la inglesa Ives y de la chilena Vallejo, Urresti, que es investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, dice: “Es cierto que tienen la misma edad; sin embargo, estas chicas son la punta del iceberg de fenómenos diferentes: mientras los conflictos educativos están en la base de los reclamos en Chile; en Inglaterra, el reclamo de los jóvenes tiene un trasfondo económico: el acceso al consumo y a un buen empleo”.

CHELSEA EN LA TEVE. “Este es el mejor día de mi vida”, aseguran que dijo Chelsea Ives tras arrojar los primeros ladrillos que destrozaron los locales de Vodafone y Phone4You, en Enfield, un barrio del norte de Londres, a los que después ingresó para saquearlos. Luego, poseída por una mezcla explosiva de espíritu gregario y anomia social a la que tanto aluden los sociólogos, fue por un móvil policial BMW. Fue quizá por su figura atlética, su remera rosa, leggings negras y zapatillas blancas que sus padres la reconocieron. Roger (54) y Adrienne Ives (47) estaban pegados al televisor en su casa de Leytonstone, al este de Londres, viendo cómo la anarquía desbordaba las calles de su ciudad cuando identificaron a su hija. Más tarde, Adrienne relataría a los medios: “No lo podíamos creer. Por un minuto no supimos qué hacer”. Y lo que hicieron fue denunciar a su hija a las autoridades. “No nos arrepentimos. Lo haríamos otra vez. ¿Qué se supone que lo padres honestos hacen? ¿Cómo podés seguir sentado sin hacer nada cuando ves gente que pierde sus casas, sus trabajos e incluso sus vidas?”

Ya son más de cinco los muertos, más de un millar de personas arrestadas y procesadas por actos de violencia y desorden (más de la quinta parte de los detenidos de Londres son menores de edad) y millonarias pérdidas económicas desde que estalló la crisis. Y si bien el asesinato a manos de la policía de Mark Duggan, ciudadano negro del barrio de Tottenham, es considerado como un detonante del conflicto, existen otras razones además de lo étnico y social. Urresti considera que hay claros reclamos por una mayor inclusión económica detrás de la ira de los revoltosos jóvenes ingleses, para quienes hoy la Ministra del Interior británica estudia imponer toque de queda (en especial para los menores de 16 años). “Aunque los analistas y los mismos europeos se asombren, el vandalismo de los jóvenes ingleses tiene explicación y ésta tiene que ver con el hecho de que después del thatcherismo la relación entre capital y trabajo nunca se recompuso –analiza Urresti–. Inglaterra es uno de los países de Europa en donde más desigualdad hay. Desde hace tiempo, el Estado se está desentendiendo de sus trabajadores. Sin padres que los puedan sostener económicamente, los jóvenes ingleses no tienen seguro de desempleo ni trabajo para vivir. Se trata de una generación que no tiene presente y mucho menos futuro”.

Sin embargo, esta explicación parece no ser válida para otros jóvenes que no son marginales, que tienen techo y educación y que también protagonizaron las revueltas y saqueos. En la lista de Scotland Yard figura un chico de 11 años, una bailarina adolescente, una estudiante universitaria y hasta la hija de 19 años de uno de los millonarios más conocidos de Londres. Y también está Chelsea: viene de una familia de clase media, con ambos padres con trabajo (la madre, se sabe, es una secretaria médica muy conocida por su gran contribución en causas benéficas) gracias al que pudieron pagarle su educación en la Tom Hood School, en Leytonstone. Allí se destacaba en las carreras de 400 metros con obstáculos. Chelsea soñaba con ser compositora de canciones y había sido galardonada en 2008 por su contribución al deporte, un premio que dos años más tarde le abriría las puertas para convertirse en embajadora para los JJOO 2012. El Comité que en 2010 la seleccionó para estar entre los 8 mil voluntarios había ponderado sus actitudes positivas y su orgullo. Hoy, cuando acaba de comparecer ante la corte de Highbury por cargos por saqueos, desorden público y ataque a un auto policial, lo más claro sobre del presente de Chelsea es que su futuro es incierto.

CAMILA EN EL FRENTE. Desde la Universidad Nacional de Chile y gracias a Twitter y Facebook, ella logra que las masas se movilicen, frente al Palacio de La Moneda o donde sea. Empezó con 50 mil estudiantes en una primera marcha, en mayo pasado; sumó 80 mil en la siguiente; logró 100 mil en junio y consiguió 150 mil en una de sus últimas convocatorias, la mayoría de ellas salpicadas de saqueos, tumultos, detenidos, heridos e intervención de los carabineros chilenos. Ella es Camila Antonia Amarante Vallejo Dowling, la bella chilena de ojos claros y pelo ondulado de 23 años que –dicen– tiene en vilo al gobierno de Piñera. Nieta de un exintegrante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) e hija del actor de telenovelas Reinaldo Vallejo y Mariela Dowling, terminó la carrera de Geografía, pero como todavía no presentó la tesis, su título está en espera. La decisión de haber tomado este impasse burocrático obedece a una causa mayor: se embanderó con los reclamos por la democratización de la educación pública de su país. De tanto presionar, el gobierno chileno la invitó a dialogar una y otra vez (el Gran Acuerdo Nacional por la Educación, GANE, la última propuesta oficial suponía más presupuesto educativo, becas y cambios en la ley). La chica rechazó las propuestas y pasó a ser la enemiga pública Nº 1. Las amenazas fueron in crescendo y llegaron a tal punto que una funcionaria de Piñera, Tatiana Acuña, escribió en su Twitter: “Se mata la perra y se acaba la leva”.

La frase –que el dictador Augusto Pinochet le lanzó en el pasado a Salvador Allende– no hizo más que elevar la popularidad de Camila, algo que se ve en las calles, en el número de seguidores en las redes sociales y en las columnas que ocupa en la prensa. Encandilados por su belleza y carisma y por su look romántico y hippie, los medios han hecho foco en ella y en las huestes de jóvenes que lidera naturalmente, megáfono en mano desde que está al frente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh). Sin embargo, cabe recordar que el movimiento estudiantil no es nuevo en Chile. “Los estudiantes chilenos vienen luchando contra un cambio desde hace años. Enfrentaron por este tema a Michelle Bachelet, pero antes lo habían hecho con Lagos y también con Frei. En cada protesta, los reprimieron. A los jóvenes chilenos no les importa si el gobierno es de derecha o de izquierda: piden un cambio en la Constitución, porque es ahí donde se tienen que hacer los cambios de las políticas de Estado. El pedido por educación es un tema puntual, pero tiene consecuencias políticas amplias”, explica Urresti. Y agrega: “De todos los sistemas universitarios de América Latina, el de Chile es uno de los más cerrados y elitistas. Allí, la universidad es arancelada, no importa si pública o privada. Estudian quienes luego serán los dueños de los puestos en el mercado laboral. Si el problema no se soluciona, aumentará la conflictividad en la sociedad”. Sólo basta esperar para saber qué destino le espera a la veinteañera Camila: si logra sus ideales educativos; si es fagocitada por la tentación de un cargo político; si termina en la televisión protagonizando telenovelas como lo hacía su padre en los ‘80, o si conseguirá un pololo para casarse y vivir en el deseado barrio santiagueño de La Florida, contándole a sus hijos cómo fue ser joven y “revolucionaria” en la primera década del siglo XXI.

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